miércoles, 18 de agosto de 2010

Deja mi alma tranquila

Debo tener un imán para los vendedores de religión.

De tener alma estoy seguro de que no sería algo tan etereo y superior que tendría que ir enseñando a las demás el buen camino. Ni tendría esa actitud... fingir inocencia, fingir no haber sido tocado por la realidad oscura o cruel y mirar con complacencia la mancha viscosa que el resto de los seres terrenales (y humanos) tenemos.

martes, 27 de julio de 2010

Nunca podré estar entre la gente. No de cerca.

domingo, 4 de julio de 2010

Tiranizar

Por algunas de sus películas, que a veces me planteo si son excepciones, puedo soportar la cursilería y el ombliguismo de Tim Burton. De hecho debe ser una manía masoquista: incluso espero con ganas sus estrenos cuando sé que está metido en un proyecto.

Nunca volverá, nunca jamás volverá a tener el valor que tuvo en Sweeney y Tod. Valor para ser oscuro de verdad, para sacar las vísceras y dejar de lado ese pudor, esa insistencia en quere ser un niño aceptado y en molarse al mismo tiempo en su extrañeza. Apartar ya de una vez esa tendencia a ser extremadamente limpio. En Sweeney y Tod su lenguaje macabro ya tiene la intención de dejar de ser sólo una forma de revestir lo conservador con tonos negros y ojeras monas. Aunque ni eso. Aún así me quito el sombrero. Tiene fuerza, por primera vez, llega hasta el final.

Pero lo que no le perdono es que haya convertido a Helena en la reina de corazones, en la novia cadáver, en la bruja de la insoportable Big fish, o en un mono, cuando antes de conocerle a él, y completamente al margen de la cuestión de la edad, podía ser Ofelia, Elizabeth o Marla Sinclair.

miércoles, 2 de junio de 2010

Atávico

El pájaro entró volando por el ventanal y se quedó en una esquina, junto a la estantería y la lámpara. Ella decía, lo sabía, sabía que iba a terminar entrando. Con frustración, enfado. Es un pájaro, nada más. No pasa nada sólo es un pájaro. Estaba en la esquina muerto de miedo, cuando me acercaba salía volando pero no conseguía remontar, llegar alto. Salío por la puerta y allí me encontré con un obrero que me ayudó a sacarlo a la calle. Esto es igual que con los gatos - dice - los coges de un zarpazo y ya está, te lanzas. No quería tocarlo, era demasiado frágil y pensaba en enfermedades (dada mi omnipresente inseguridad la actitud del otro me hizo dudar de hasta que punto soy un fino). Debe estar herido, y dice que No, lo que pasa es que un pichón, es muy pequeño (y aquí me pregunto que hasta qué punto vivo en un burbuja sin saber de las cosas normales que todo el mundo sabe). En la puerta choca con otro señor que entraba, se aparta, y al final consigue salir a la calle. Pero allí tampoco podrá volar.

No es la anécdota, es lo que la constituye o más bien lo que la rodea. El aleteo en el interior de la habitación, el miedo del pájaro, la imágen del pájaro acorralado, frágil, mi impotencia, el rechazo de ella (un reflejo heredado). Sobre todo el aleteo dentro de la habitación. Ese aleteo desesperado es lo que vuelve cuando menos me lo espero, despierta en mí algo atávico.

martes, 25 de mayo de 2010

La virgen miope

Y yo sin saber que existía María+Visión...


Exclamaciones.



(Tampoco sabía que existían curas banqueros).

lunes, 26 de abril de 2010

Ordet

Me sostuvo la puerta del metro para que pudiese pasar sin tener que empujarla.
Un sonoro gracias le digo, para que me pudiese oir aunque ya estaba a unos pasos de distancia.
No se volvió. Nada. No le dí importancia, no se puede dar importancia a todo lo que pasa en la vida subterránea, en el metro es decir, porque es el tránsito de los que viajamos por la rutina (toma ya). Pero es así, es casi un estado de la consciencia en el día a día, no adormecido sino con la atención puesta a media carga. Sumergirse sin remedio antes de hacer lo que realmente se va a hacer. Un coñazo inevitable.
Da la casualidad, o eso creía, que la senora, regordeta, de aspecto sano, bonachón, se sentó a mi lado. Yo leía mi revista, como siempre, y dice. Disculpe, se dirige a mí, ojos claros y amables. Pensé que tenía toda la pinta de estar perdida, que era orgullosa y se hacía la fuerte, pero que no sabía si había cogido la línea correcta y que me preguntaría si iba bien. ¿Conoces la palabra?. Nos reunimos todos los domingos en Capitán Valdeorense, porque a veces la gente tiene problemas y es muy duro enfrentarlos solos. Extiende la mano y me da un folleto con citas de la biblia, en las que básicamente se inspira temor. De manera que si al final el aspirante decide alistarse o aliarse con los predicadores de la palabra, lo hace por si acaso, porque para lo que le espera si no lo hace, vale la pena. Lo guardé en mi mochila, le dí las gracias de nuevo, pero esta vez en un tono amable, agradecido, pero seco, y seguí leyendo. En ese momento me dió un poco de lástima porque tuve la impresión de que era su primera víctima. Se acercó un hombre pidiendo dinero para el metro, y le respondió que no con la misma expresión encantadora (y en el fondo sé que se midió porque fue una muestra, un gesto que le expresaba ante mí, que acababa de intentar cautivarme. El gesto de alguna manera expresaba totalmente lo contrario de lo que predicaba, al menos desde su punto de vista, claro). Llegó el metro y subimos en vagones distintos. (Después hablando con los compañeros del ensobrado, he sabido que también les ha asaltado a ellos alguna vez). Siempre que se me acerca algún fanático de este tipo siento pena por ellos, pienso, pobre, no sabe que conmigo no tiene nada que hacer. Me parece que es una ironía, de hecho. No entiendo esa necesidad de convencer. No puede ser más que otra forma de expresar la duda que les corroe por convivir con una secta. Igual que los zombis que se comen el cerebro de la gente normal por instinto, pero con un matiz de complacencia, en la mayoría de los casos. Si el de esta señora me llamó la atención es porque ese matiz era de inseguridad, o miedo.

martes, 16 de marzo de 2010

Amarillo turbio

Tiene garganta doble y una caja torácica opaca. Cuerdas de cobre. Así que la voz suena como una llave cuando se desliza por el mármol. Y un cerebro minúsculo y pétreo. Cuando me encuentro a la señorita Gárgara en el ascensor pienso en anuncios de adhesivo para la dentadura postiza, porque cuando sonríe puedo oír como se le resquebrajan los colmillos, casi puedo oirlos chocar contra el suelo si al final caen.

Al mismo tiempo me veo sin querer en el espejo mientras se van sumando los pisos, dentro de esa atmósfera ambarina, densa, igual que verse reflejado desde el interior de una bombilla sucia. Me veo detrás de esa opacidad, y no me queda más remedio que, igual que ella, emitir esos mismos gruñidos.

Nos reconocemos en la derrota, y por eso nos rehuímos.