viernes, 12 de junio de 2009
Su nombre
Hay veces en que de la forma del corazón se hace un maravilloso escondite de lo que no se quiere exponer sin más. Logra la vaga forma del sentimiento como concepto pero no llega a encarnarse en una persona. Una maravillosa forma con la que poner a latir el amor y poder guardar en la concavidad su nombre, ¡el nombre de ella! que solo puede estar en el interior de la vena porque su nombre ¡el nombre de ella! no retumba, no resuena, no es nombre si no se alza hasta alcanzar la voz. No tiene nombre porque no es lo suficientemente fuerte, ese amor, como para traerla a la vida, como para invocarla a ella, como para que se trague a la idea y sea eso que no dice. Late pero no pronuncia, dice pero renquea cuando dice... es posible que diga sin pronunciárselo antes a sí mismo.... No lo quiero. Yo quiero un nombre para así no cantarle más al amor.
jueves, 21 de mayo de 2009
Al respecto
"Vivir lisa y llanamente es no conferir profundidad alguna a los actos de la vida. Sólo cuando se vive como si la vida fuera un bien que pudiéramos sacrificar en cualquier momento, sólo entonces, cesaría de ser una banalidad y una evidencia. Es una tontería afirmar que la vida nos ha sido dada para vivirla; nos la han dado para sacrificarla, o sea para extraer de ella más de lo que sus condiciones naturales permiten. No existe otra ética excepto la del sacrificio.
Considerar la muerte en sí misma, desgajada de la vida, es echar a perder tanto la vida como la muerte. El sentimiento interior de la muerte resulta fecundo a condición de que nos permita dar profundidad a los actos de la vida. Esa relación hace que ésta pierda su pureza y encanto, pero gana infinitamente en profundidad. El éxtasis puro de la muerte lleva fatalmente a una parálisis total del ser. Sólo cuando seamos capaces de hacer saltar chispas de la obsesión de la muerte, también podremos entonces transfigurar la vida.
Tenemos que someter nuestra vida a las pruebas más duras. Que nada peligroso ni arriesgado nos resulte ajeno. Sólo las vírgenes rehúsan pensar en las últimas pérdidas".
El libro de las quimeras. E.M. Cioran.
Considerar la muerte en sí misma, desgajada de la vida, es echar a perder tanto la vida como la muerte. El sentimiento interior de la muerte resulta fecundo a condición de que nos permita dar profundidad a los actos de la vida. Esa relación hace que ésta pierda su pureza y encanto, pero gana infinitamente en profundidad. El éxtasis puro de la muerte lleva fatalmente a una parálisis total del ser. Sólo cuando seamos capaces de hacer saltar chispas de la obsesión de la muerte, también podremos entonces transfigurar la vida.
Tenemos que someter nuestra vida a las pruebas más duras. Que nada peligroso ni arriesgado nos resulte ajeno. Sólo las vírgenes rehúsan pensar en las últimas pérdidas".
El libro de las quimeras. E.M. Cioran.
viernes, 15 de mayo de 2009
La jugada
Pero ¿puede ser la verdadera muerte arrastrarse sin motivo?¿una verdadera forma de muerte aferrarse a la vida sin saber por qué, o sin tener un sentido definitivo?. Parece claro que que vivir con apatía sea una forma de muerte. No porque desvitalice o asesine la vida por dentro, que lo hace. Más bien porque puede pasar la vida entera por delante de uno, así sin más, y que haya sido un desproposito, y que todavía esté uno esperando... algo. Pero me suena más certero, que sabiendo que me aferro a la vida, esta pregunta, la que cuestiona el dejarse ir, sea la que me va a permitir hacer lo necesario para vivir sin más y con fuerza. Aunque todavía no sepa como. Luego, ¿la respuesta es que el sentido es vivirla con la mayor intensidad posible?. Seguro que si.
jueves, 30 de abril de 2009
Malena
El hombre está sentado en el borde del sillón, casi en cuclillas. Tiene ambas manos entrelazadas y la mira fijamente. Ella está de pie enfrente, con los brazos colgandole relajados o exhaustos. Su cuerpo se viene a apoyar sobre el tacón de diez centímetros que le arquean los pies. Y entonces, el único de los dos que está en disposición de hablar, lo hace.
-Coge todos los libros que hayas leido alguna vez en tu vida y ponlos encima de la mesa.
Los brazos y el cuerpo relajado en tensión se endurecen al oirle, al saber cuál es la sentencia. Pero un rictus de horror al que se antepone el sentimiento de incomprensión por lo que esta pasando le desfigura su cara. Parece no poder hablar. Pero lo hace.
-¿Para qué?.
-Cógelos.
Está acostumbrado a hablar sin despegar demasiado los labios, para que ese cigarro eterno que nunca se consume no se le caiga al hacerlo.
Malena coge los libros uno a uno. Tarda en encontrarlos, en identificarlos. La biblioteca está repleta de ediciones antiguas y descatalogadas. Los que pone primero sobre la mesa son los de las ediciones nuevas, de colores, de bolsillo. Solo es necesario decir que él solo se fija en el primer título, Cumbres borrascosas, y el profundo desprecio es lo único que altera su expresión durante el suceso. Pone el último, La fábrica de las avispas, sobre una torre que parece que va a derrumbarse. Él se levanta.
-Ya está-con resolución. Hace dos llamadas perdidas y a los quince minutos suenan golpes en la puerta. Entran dos hombres más y se llevan los libros.
Después del golpe, ya no estaban en el mismo sitio. Se oía el mar y el viento. Hacía frío. Envolvieron su cuerpo con los libros que había leído. Cerca del pecho El corazón de las tinieblas, en el pubis El retrato de Dorian Grey y en torno a las piernas La enciclopeida del cine y El hombre sin atributos. Luego cubrieron estos últimos de cemento, y la tiraron al mar. Al irse hundiendo, las palabras se humedecían a medida que el agua iba pentrando las cubiertas. El libro se acoplaba al cuerpo hasta fundirse con él. Y cuando la última gota de agua le llenó los pulmones, el último libro y el cuerpo de Malena se deshicieron juntos bajo el mar. De aquello sólo quedaron las palabras, que aún contínuan flotando.
-Coge todos los libros que hayas leido alguna vez en tu vida y ponlos encima de la mesa.
Los brazos y el cuerpo relajado en tensión se endurecen al oirle, al saber cuál es la sentencia. Pero un rictus de horror al que se antepone el sentimiento de incomprensión por lo que esta pasando le desfigura su cara. Parece no poder hablar. Pero lo hace.
-¿Para qué?.
-Cógelos.
Está acostumbrado a hablar sin despegar demasiado los labios, para que ese cigarro eterno que nunca se consume no se le caiga al hacerlo.
Malena coge los libros uno a uno. Tarda en encontrarlos, en identificarlos. La biblioteca está repleta de ediciones antiguas y descatalogadas. Los que pone primero sobre la mesa son los de las ediciones nuevas, de colores, de bolsillo. Solo es necesario decir que él solo se fija en el primer título, Cumbres borrascosas, y el profundo desprecio es lo único que altera su expresión durante el suceso. Pone el último, La fábrica de las avispas, sobre una torre que parece que va a derrumbarse. Él se levanta.
-Ya está-con resolución. Hace dos llamadas perdidas y a los quince minutos suenan golpes en la puerta. Entran dos hombres más y se llevan los libros.
Después del golpe, ya no estaban en el mismo sitio. Se oía el mar y el viento. Hacía frío. Envolvieron su cuerpo con los libros que había leído. Cerca del pecho El corazón de las tinieblas, en el pubis El retrato de Dorian Grey y en torno a las piernas La enciclopeida del cine y El hombre sin atributos. Luego cubrieron estos últimos de cemento, y la tiraron al mar. Al irse hundiendo, las palabras se humedecían a medida que el agua iba pentrando las cubiertas. El libro se acoplaba al cuerpo hasta fundirse con él. Y cuando la última gota de agua le llenó los pulmones, el último libro y el cuerpo de Malena se deshicieron juntos bajo el mar. De aquello sólo quedaron las palabras, que aún contínuan flotando.
miércoles, 29 de abril de 2009
La baraja
Yo siempre he sabido que quiero vivir. Nunca he tenido la menor duda. Cuando ha llegado esa pregunta por otros, cuando les oigo decir que sería mejor no haber nacido, que no hay ningún sentido, sé que yo tampoco puedo encontrarlo y que muchas veces he sentido esa desesperanza y ganas de no estar. Pero cuando me lo pregunto la respuesta es un sí rotundo. No soy un vitalista. Por el contrario soy una persona negativa y pesimista. Que ya sabe que hay optimistas, y que también existe una clase de optimismo pantanoso que niega y oculta el verdadero sentimiento que subyace y cuyo fin es negar que sufrimos. Una negación en una sonrisa que es como un peso de plomo que tira hacia adentro mientras toda la expresión intenta tirar hacia arriba de él con las comisuras de los labios, y que trasmite cierta sensación de disonancia. De inquietud, de inestabilidad. Aun así, no hay cosa que me fastidie más que la gente que quiere leer lo que uno lee en el metro y los pesimistas orgullosos de serlo. Los que suponen que si alguien no lo es, es porque no sabe toda la verdad, o porque es un inconsciente, un tipo feliz por idiota. Es más probable que sea al reves. Llegar hasta el final es tener la baraja completa, y eso siempre incluye cartas buenas y malas. O jugadas en cuya mezcla hace que la sentencia final no sea tan definitiva.
miércoles, 11 de marzo de 2009
Salir al mundo
Viene a ser ir al zaguán de la casa, acercarme a ver quién acaba de tocar en la puerta. A quien a dejado pasar una señora que surge y nace cada vez del paragüero a causa del instinto de supervivencia, germinada allí para que el vínculo no se rompa y así evitar que al final nadie responda a la llamada del timbre o de los nudillos. La intermediaria. No me voy a complicar demasiado(me digo) para hacer entender que para poder dejar que alguien entre necesito mucho tiempo. Necesito acostumbrarme a su presencia. Dejar de tenerle miedo. Sea quien sea, y especialmente si le tengo afecto o admiración. Hoy ha sido uno de esos días en que he salido tarde del sótano que es el trabajo, y he venido hasta casa con un compañero. Viene a ser parecedio a lo del paseo. Al principio no hay atisbos del precipicio, del abismo que puede comernos al final. Intercambio y cuanto más avanzamos, la sensación de que en cualquier momento todo se puede venir abajo y de que puede establecerse una profunda incomodidad entre nosotros aumenta, y además le secunda la certeza de que ese rato será un mordisco de nada para el alma. No pasa nada de eso pero lucho por cada momento. Me siento como Martín Edén cuando camina por tierra, como si me tambalease. Fuera del barco, donde no sé caminar. Querer que termine pronto, que llegue pronto la parada porque alguien que es la némesis de la anciana paragüera dice que si es breve, podrá haber más ocasiones de encuentro mientras que si se alarga demasiado vendrá la bocanada de frío y no podremos volver a hablar ya más. Que un avance abrupto supondrá un retroceso enorme, una carrera hacia adelante muchos pasos de vuelta. De forma irremediable.
sábado, 7 de marzo de 2009
Un paseo
Un día de cada fin de semana salgo a la calle a dar una vuelta. Cuando hace buen tiempo está llena de gente. Pasear, esquivar. Pero está bien. El atardecer, el sol, la intensidad de los colores y las tonalidades distintas sobre los edificios y las personas. Por ejemplo el ladrillo rojo candente cuando el sol se empieza a marchar y esa misma pared en contraste con unos cimientos enterrados en la noche. Las prostitutas tristes de punta en blanco con la ropa de los chinos y joyas doradas mientras un grupo de hombres borrachos, de los que siempre están en el parque, se pican haciendo flexiones con una sola mano. Hay un círculo alrededor de uno que ya lleva unas veinte segun grita el coro. Despúes la maraña de gente otra vez: carritos de bebés que se abren paso a la fuerza y con lentitud. Una pareja que vuelve a la infancia cuando se mira a sí misma. Se tocan la piel de la cara y el pelo como si acabasen de descubrir la humanidad y fuese todo lo que existe, descubrimiento íntimo. Y policías. Muchos policías. Se puede ir con un abrigo ligero pero yo voy con bufanda de lana y abrigo de invierno porque estoy resfriado todo el año. Cuando enseño el vello grueso de los antebrazos atreviéndome con la manga corta enfermo durante días. Y aunque tengo un poco de calor, es agradable, noto el aire en la cara y en los dedos. Pasear, ver a toda esa gente y oir los fragmentos de conversación, que siempre resultan extraños o son la misma conversación que se va trasladando de lugar a través de las voces, de las personas.
Esto viene a ser así durante la primera hora, si, puede que dure una hora. A partir de ese momento la cosa cambia. Los mismos sitios, seguir esquivando, tropezar... una especie de sensación de hartazgo. Hartazgo, estar cansado por acumulación. Más gente, más librerías, más tiendas de música, cómics, de animales y sexshops... La irritabilidad creciente ante el contacto y el choque con los demás, sentimiento que al final me deja ese regustillo a vacío. No quiero nada de esto, no necesito nada de esto y la semana que viene volveré solo por esa primera hora, que queda exactamente con la misma fuerza que la segunda. Una huída a casa, ir tropezando más veces todavía porque tengo más prisa. La ganas de que el deseo pueda hacer de trasporte inmediato a mi cueva en función de su intensidad. Y además ya es de noche. Ya he agotado toda la luz de la tarde.
Esto viene a ser así durante la primera hora, si, puede que dure una hora. A partir de ese momento la cosa cambia. Los mismos sitios, seguir esquivando, tropezar... una especie de sensación de hartazgo. Hartazgo, estar cansado por acumulación. Más gente, más librerías, más tiendas de música, cómics, de animales y sexshops... La irritabilidad creciente ante el contacto y el choque con los demás, sentimiento que al final me deja ese regustillo a vacío. No quiero nada de esto, no necesito nada de esto y la semana que viene volveré solo por esa primera hora, que queda exactamente con la misma fuerza que la segunda. Una huída a casa, ir tropezando más veces todavía porque tengo más prisa. La ganas de que el deseo pueda hacer de trasporte inmediato a mi cueva en función de su intensidad. Y además ya es de noche. Ya he agotado toda la luz de la tarde.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)