miércoles, 29 de abril de 2009

La baraja

Yo siempre he sabido que quiero vivir. Nunca he tenido la menor duda. Cuando ha llegado esa pregunta por otros, cuando les oigo decir que sería mejor no haber nacido, que no hay ningún sentido, sé que yo tampoco puedo encontrarlo y que muchas veces he sentido esa desesperanza y ganas de no estar. Pero cuando me lo pregunto la respuesta es un sí rotundo. No soy un vitalista. Por el contrario soy una persona negativa y pesimista. Que ya sabe que hay optimistas, y que también existe una clase de optimismo pantanoso que niega y oculta el verdadero sentimiento que subyace y cuyo fin es negar que sufrimos. Una negación en una sonrisa que es como un peso de plomo que tira hacia adentro mientras toda la expresión intenta tirar hacia arriba de él con las comisuras de los labios, y que trasmite cierta sensación de disonancia. De inquietud, de inestabilidad. Aun así, no hay cosa que me fastidie más que la gente que quiere leer lo que uno lee en el metro y los pesimistas orgullosos de serlo. Los que suponen que si alguien no lo es, es porque no sabe toda la verdad, o porque es un inconsciente, un tipo feliz por idiota. Es más probable que sea al reves. Llegar hasta el final es tener la baraja completa, y eso siempre incluye cartas buenas y malas. O jugadas en cuya mezcla hace que la sentencia final no sea tan definitiva.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Salir al mundo

Viene a ser ir al zaguán de la casa, acercarme a ver quién acaba de tocar en la puerta. A quien a dejado pasar una señora que surge y nace cada vez del paragüero a causa del instinto de supervivencia, germinada allí para que el vínculo no se rompa y así evitar que al final nadie responda a la llamada del timbre o de los nudillos. La intermediaria. No me voy a complicar demasiado(me digo) para hacer entender que para poder dejar que alguien entre necesito mucho tiempo. Necesito acostumbrarme a su presencia. Dejar de tenerle miedo. Sea quien sea, y especialmente si le tengo afecto o admiración. Hoy ha sido uno de esos días en que he salido tarde del sótano que es el trabajo, y he venido hasta casa con un compañero. Viene a ser parecedio a lo del paseo. Al principio no hay atisbos del precipicio, del abismo que puede comernos al final. Intercambio y cuanto más avanzamos, la sensación de que en cualquier momento todo se puede venir abajo y de que puede establecerse una profunda incomodidad entre nosotros aumenta, y además le secunda la certeza de que ese rato será un mordisco de nada para el alma. No pasa nada de eso pero lucho por cada momento. Me siento como Martín Edén cuando camina por tierra, como si me tambalease. Fuera del barco, donde no sé caminar. Querer que termine pronto, que llegue pronto la parada porque alguien que es la némesis de la anciana paragüera dice que si es breve, podrá haber más ocasiones de encuentro mientras que si se alarga demasiado vendrá la bocanada de frío y no podremos volver a hablar ya más. Que un avance abrupto supondrá un retroceso enorme, una carrera hacia adelante muchos pasos de vuelta. De forma irremediable.

sábado, 7 de marzo de 2009

Un paseo

Un día de cada fin de semana salgo a la calle a dar una vuelta. Cuando hace buen tiempo está llena de gente. Pasear, esquivar. Pero está bien. El atardecer, el sol, la intensidad de los colores y las tonalidades distintas sobre los edificios y las personas. Por ejemplo el ladrillo rojo candente cuando el sol se empieza a marchar y esa misma pared en contraste con unos cimientos enterrados en la noche. Las prostitutas tristes de punta en blanco con la ropa de los chinos y joyas doradas mientras un grupo de hombres borrachos, de los que siempre están en el parque, se pican haciendo flexiones con una sola mano. Hay un círculo alrededor de uno que ya lleva unas veinte segun grita el coro. Despúes la maraña de gente otra vez: carritos de bebés que se abren paso a la fuerza y con lentitud. Una pareja que vuelve a la infancia cuando se mira a sí misma. Se tocan la piel de la cara y el pelo como si acabasen de descubrir la humanidad y fuese todo lo que existe, descubrimiento íntimo. Y policías. Muchos policías. Se puede ir con un abrigo ligero pero yo voy con bufanda de lana y abrigo de invierno porque estoy resfriado todo el año. Cuando enseño el vello grueso de los antebrazos atreviéndome con la manga corta enfermo durante días. Y aunque tengo un poco de calor, es agradable, noto el aire en la cara y en los dedos. Pasear, ver a toda esa gente y oir los fragmentos de conversación, que siempre resultan extraños o son la misma conversación que se va trasladando de lugar a través de las voces, de las personas.

Esto viene a ser así durante la primera hora, si, puede que dure una hora. A partir de ese momento la cosa cambia. Los mismos sitios, seguir esquivando, tropezar... una especie de sensación de hartazgo. Hartazgo, estar cansado por acumulación. Más gente, más librerías, más tiendas de música, cómics, de animales y sexshops... La irritabilidad creciente ante el contacto y el choque con los demás, sentimiento que al final me deja ese regustillo a vacío. No quiero nada de esto, no necesito nada de esto y la semana que viene volveré solo por esa primera hora, que queda exactamente con la misma fuerza que la segunda. Una huída a casa, ir tropezando más veces todavía porque tengo más prisa. La ganas de que el deseo pueda hacer de trasporte inmediato a mi cueva en función de su intensidad. Y además ya es de noche. Ya he agotado toda la luz de la tarde.

viernes, 20 de febrero de 2009

¿Cómo?

Hubo un tiempo en que decía que trabajaba de ensobrador. Igual que podría haber dicho que trabajaba en una fábrica industrial haciendo cualquier cosa en cadena que se repite hasta la eternidad que en este caso queda reducida a una jornada, que es la misma los seis días de la semana. Estoy en un punto en que digo que soy ensobrador. Lo cual es preocupante. Sigo siéndolo, o he pasado de hacer la tarea a representarla porque no me veo capaz de hacer niguna otra cosa. No es por torpeza, ni por limitaciones que me reduzcan las posibilidades. No me veo capaz de salir al mundo. Sencillamente. Y es ahí, en esa falta de fuerza en el sentido, dónde el cómo se debilita hasta convertirse en una imposibilidad factible, es decir, en una limitción tangible .

Hablo como un seso rígido con piernas y al escribir me comunico con bastante pobreza (al mismo tiempo digo con orgullo que jamás admitiré faltas como esta con el fin de que alguien refuerce mi seguridad afirmando lo contraririo). Y es tan difícil que me sienta cerca de otras personas como dejar de ser ensobrador.

viernes, 13 de febrero de 2009

Visita invisible

Odio los contadores de visitas. Jamás pondré uno en este blog. Prefiero no saber cuantos y solo quienes cuando tengan algo que decir. Quiero que toques este cuaderno sin que por ello tenga que quedar una marca. La huella más fea de todas, un número, cuando pudo ser una trampa en la que has caido por casualidad. Caes, y ya hay un número más. Jamás, he dicho.

jueves, 12 de febrero de 2009

Cubos de basura

Los funcionarios del ensobrado y del mundo del papel estamos distribuidos por cubos o niveles: nivel A, B, C, D, E... en función de los destinos y del tipo de envío. Recuerden, lectores imaginarios, Succos vertidos en todos esos yoes proyectados en quienes podrían leerme, vuelvan a Un mundo feliz con Aldous Huxley para estar entre aquella sociedad estratificada por letras asociada a cada casta, determinadas de antemano. A aquellas habitaciones en las que durante el sueño, se les inundaba el mundo onírico, la conciencia debilitada, con afirmaciones que debían fortalecer el sentimiento de conformidad con la letra, el grupo al que pertenecían. Era algo así como "Ser de los Alfa es estupendo porque somos más listos..." cosa que no era difícil siendo alfa la casta más favorecida pero que sucedía de igual manera con los de la Epsilon siendo los más desfavorecidos. Con estas grabaciones y el lavado de cerebro constante que suponía vivir en esa sociedad, cada casta estaba convencida de que pertenecer al propio grupo era lo mejor, se estuviese en el que se estuviese, y se conseguía también que ninguno quisiese ser de una distinta. Hoy he vuelto a ese terrorífico lugar frío y eléctrico, lleno de cubetas y de gente rubia con los ojos azules como los de los Huskies siberianos desde Aquí, un almacén no menos siniestro que el lugar distópico pero sí más sucio, entre señores morenos con barbas, calvas y gafas de todas clases. Hablábamos, y caí en la cuenta de que nosotros somo iguales: trabajadores que pertenecen a un grupo clasificado por una letra que está conforme con la que tiene y que no quiere ser de ninguna otra. Estamos bien con lo que hacemos, cada uno con su respectiva tarea aunque cada una tenga un grado de dificultad mayor que la anterior. En este caso la gradación es inversa, cuanto mayor sea la letra en el avance del abecedario, mayor es la dificultad. ¿Qué es lo que hace que un individuo que tiene que hacer un trabajo pesado prefiera hace justo lo que hace, y que uno que tiene un nivel intermedio quiera seguir en él y no volver a uno más sencillo?.O lo que es más importante, ¿qué es lo que hace que alguien deje de pensar en salir a la calle, que no se plantee despegar las narices de burocracia mohosa durante un tiempo que ha ido pasando por encima de él sin darse cuenta?¿La pasión y el amor a la tarea mecánica y asesina de interioridades?¿El dominio adquirido sobre esa tarea, que la hace quizás más sencilla por la experiencia?, ¿todo lo contrario, la búsqueda del reto?¿el amor al subsuelo?. Eso me pregunto al ver las semejanzas y no es otra cosa más que la costumbre. El calor del sillón ablandado con la forma del propio trasero, la esperanza de que si debe ser aburrido, al menos que no de sobresaltos porque esos sobresaltos no serán estimulantes sino que sin duda serán un fastidio. Pienso que entre nosotros, habría sido muchísimo más sencillo de lo que Huxley imaginó. No nos hiceron falta grabaciones ni mensajes subliminales. Pon en marcha el mecanismo infinito que desfila hacia adelante sin propósito vital y nosotros estaremos encantados de ser el engranaje que somos. Me soprende lo sencillo que en realidad es. Sin subterfugios ni juegos psicológicos, yendo por el propio pie con la idea de mantenernos estables.



"
Esto no es un cubo de basura "


miércoles, 11 de febrero de 2009

Mi ausencia

Creo que soy tan inseguro que nunca llego a verme sólido del todo... hasta que llega el día en que alguna persona de mi entorno me dice con ese rubor que encierra y pretende contener al sentimiento real, el que suele querer pasar desapercibido, que si me voy me echará de menos.