martes, 23 de diciembre de 2008

Me gustaría dejar de ser ensobrador.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Cuando me increpa, me hace sentir como si estuviese atravesando un pantano lleno de ortigas. Quiere saber por qué, el motivo concreto, el instante preciso y justo en que me enfadé. Y eso me lleva a tener que explicar sentimientos de humillación o de dolor de los que ella es responsable. Me pide que se lo cuente como si no hubiese sido testigo y causante, con la terrible ofensa de la ingenuidad, inocencia. Es una desconsideración para con mis sentimientos. Porque a la inversa es el mismo golpe. Porque sé que pasa porque no me elevo con la suficiente fuerza, consistencia, solidez. Soy un vaso lleno de sentimiento de debilidad que se derrama a la vez que se quiebra el vaso.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

La colección

Colecciono cuadernos acabados, y no resisto a la tentación de comprarlos nuevos, cuandos las hojas tienen una textura especial, o una cubierta bonita. Guardo las libretas del colegio, todas, en un trastero que tengo en casa y que parece que da a un sótano de película americana. En realidad es una pequeña habitación que da al ascensor: unas cuantas estanterías llenas de libretas y de libros de texto, a los que les acompaña el sonido de las cadenas del ascensor cuando se desplaza, y la luz de una bombilla en el techo alto. Algunas veces me escondo allí.

Dentro de cada cuaderno nuevo, guardo una hoja que cojo del suelo, o alguna flor. Sé que es un tanto cursi. Me gusta encontrárme una planta cuando escribo, y llego a la hoja en que la he guardado. Es la única hoja en blanco de toda la libreta. En el colegio, dejaba hojas en blanco sin darme cuenta. Escribía los problemas, las columnas de sumas en una hoja, y pasaba dos hojas seguidas de manera que la cara de una de las dos quedaba en blanco. Cuando eso sucedía, la profesora, un mujer a la que llamo así por referirme, llenaba de tareas para casa esta hoja que quedaba en blanco, para que no se desperdiciase ni una sola. La libreta pesaba el doble de camino a mi casa por este error de la hoja en blanco. Columnas de sumas de siete cifras que veía que ella rellenaba al azar. Una lotería caprichosa sin la gracia de su arranque. Hubo una temporada en que me dediqué a resolver esas sumas siguiendo el mismo procedimiento que el de la profersora al marcarmelas. Al corregirlas, afirmaba rotundamente con el trazo del lápiz debajo de su número perfecto hecho a boli, que cero mas uno era siete o cinco, o cualquier cosa. Aquella fue la primera bronca de clase que llegó a casa. Esta tarde he visto ese cuaderno, con los números corregidos en bolígrafo rojo y el mal con mayúsclas, grabado en la hoja de tanto que lo apretaba de rabia. simplemente no quería enfrentarme a las sumas, y mucho menos a quellas cuentas interminables. Esa sensación, como de estar metiendo la porquería que barres en casa para meterla debajo del armario, no ha sido nunca tan grande como la de aquellos días.

Ni siquiera lenguaje. Hacían que al libro se quedase pegado el estado anímico de un día de clase, y no había texto que pudiese despojarse de éste. Análisis de frases, las palabras y su sentido convertidas en una oración subrayada con líneas discontínuas y a las que debía añadir otro nombre. Lengua era una señora teñída de rubio que cacareaba su decepción.

Dejé el colegio en sexto, por eso conservo todas las libretas. Desprecio el sitema educativo pero no la educación. A esas libretas, le siguieron otras, propias, que no tenían por qué tener mi nombre completo en la cubierta, ni el curso al que pertenecía. Los cuadernos nuevos tiene todos un nombre y un apellido distinto cada vez, y el curso era una condecoración a la que aspiraba en mi fuero interno, en la imaginación. Ricardo Bulches, ministrísimo de la región de la sábana húmeda, dónde todas corren desnudas. Cosas así de rimbombantes. Ese fue el séptimo año, el peor de todos.

En un año llenaba dos libretas al menos. Es increible la cantidad de tonterías que hay en ellas. Estoy seguro de que en este cuarto, vive el que creía ser yo mientras las escribía, un caballero mucho mejor de lo que creo ser en el día a día, que cae fulminado, se desintegra convirtiéndose en el polvo que se les cae de la solapa, cuando las releo. Si dicen que estas notas sirven para rescatar del olvido yo digo que sirven para matar el recuerdo.

viernes, 24 de octubre de 2008

Cómo era...

Era y ya no es. Eso es lo primero que debo decir. Seguía siendo de una manera secundaria. A la manera en que se sopecha que mientras nos levantamos por la mañana, en otra parte del mundo acaban de acostarse o están en la hora del café.
Hoy me la encontré en el tranvía. No, no es cierto esto que digo... no me la encontré, la ví.
Me levanté de mi asiento. La señora que tenía al lado leía mi revista. La apartaba ligeramente, pero me seguía, se recolocaba las gafas y asomaba con la nariz entre las páginas. Debía ser otra apasionada de los loros...
Al acomodarme en el nuevo asiento, me pareció ver de soslayo a alguien que se parecía... El mismo tipo de diadema de plástico, de un color llamativo, rosa fucsia o verde lima. El mismo tipo de rizo, pequeño, que nace desde el mismo cuero cabelludo y se extiende hacia los lados, y cae hasta los hombros desde la nuca. La ropa en tonos chillones y la falda de cuadros. El mismo tipo de piel, morena mate y la mirada vaciada cuando se encuentra conmigo.
De perfil... me digo, sí, sí es. De frente, mirándome a la cara. Si, es ella. Es ella cuando podía permitirse no tener nombre dentro de mí. Y vuelve la cabeza hacia el frente, como si se hubiese encontrado con el anonimo cambiante que cada día tiene un rostro distinto y que no importa.
Creo que vi desde fuera como era borrado de un instante concreto, que es mi vida, despacio, lentamente, sin prisas y sin calma. Vi como desaparecían los brazos, las piernas y el tronco entero con lo que quedaba de mí. Yo nunca existí. El pasado me borra, ni siquiera me arranca (la violencia es para los elegantes), me borra. Lo que fue la etapa más importante de la hasta ahora mi vida, la veo cuando me ve y solo me devuelve una mirada opaca, sin brillo, vacíada por la decepción o por la rabia enfriada. Es una pena que algunas historias acaben como el miedo las predijo mientras sucedían. Pero el miedo siempre se equivoca, tiene un olfato demasiado desarrollado, le inunda un olor mucho más intenso de lo que luego será realmente. Al final lo que no puede llegar a notar es que si llega a ocurrir, no será tan espantoso. por ocurrir. Lo hará como si tal cosa. Sin importar. Sin significar. Con los grandes ademanes de la indiferencia de lo que día a día llena de tedio.
Ya no me llaman la atención los rizos ni las caderas rectas. La silueta ha desaparecido de mi vista para tomar otro lugar diferente, el de la anonima cambiante.
Me duele tanto ser borrado como sentir que le correspondo en ese gesto.

martes, 22 de julio de 2008

Marrón

Con la piel deshecha a base de sol o de luz artificial. No son pocas las cosas que me sacan de quicio. No siento el más mínimo orgullo por ello. También lo digo. De escamas, escamada, barro agrietado en medio del desierto. Pocas cosas son tan intensas como la urgencia de lo que violenta sin motivo de peso. Hacía un buen rato que miraba desde la puerta, pero ya con medio cuerpo en la calle. Podía correr, o bien cometería el error que no me dejaría en paz, que no necesitaría lugar alguno para esconderse hasta que yo volviese. Los primeros argumentos que vienen a la mente suelen ser los certeros, los que esquivan el error inminente. Pero también suelen tener menos fuerza.

Mi cuerpo ya había tomado la decisión, dar media vuelta. Por cada dedo se desprende un hilacho de esa piel que se desmigaja como hojaldre. Queda reducido a pequeños fragmentos... He vuelto a equivocarme. Queda su gesto histriónico desfigurando la emoción que intenta evidenciar. Es marrón, definitivamente lo es. Tiene que serlo, por narices.

martes, 8 de julio de 2008

Un señor

Me dijo... escríbemelo en un papel. Con un rotulador rojo, se lo escribí bien grande en un posit amarillo. Succo. Lo leyó y me pidió que se lo dijera en voz alta, para que no se le olvidase. Succo.¿Cómo?. Succo. Aaah, que nombre más raro. Y se marcha lentamente y todo lo de prisa que puede con el papel doblado en la mano.

No sé si llegaré a la edad en que necesite tener los nombres de los otros anotados en papeles, seguramente guardados entre las gafas de cerca y las de lejos, los abanicos, y las pomadas. Lo que sé es que ese gesto cambió un poco más mi punto de vista.

El último día que estuve allí me la encontré en la puerta con su mujer. ¿Te vas?. Si, me voy (y me iba de verdad). Pues hasta luego... ya no me acuerdo de tu nombre, ¡pero lo tengo arriba, guardado en un cajón!. Ese detalle, mi nombre en un papel dentro de un cajón, lo ha cambiado todo con respecto a llegar a ser tan mayor.

jueves, 12 de junio de 2008

En el hoyo de la avestruz

Parece mentira: no hay gusanos, tampoco raíces.
No hay resquicios de un yacimiento arqueológico, ni los huesos de algún cadaver oculto.
Cuando el avestruz saca la cabeza, lo que queda es un vacío que despide un olor a letargo.
Un agujero removido en el que en cuanto se cae, las paredes desparecen y ya no son tierra.
Son un espacio en blanco en que se olvida por qué se ha caído.

Más peligrosa que la huída ante un peligro,
real o no, es deslizarse adentro sin darse cuenta.